El Odiante [Crónicas Desquiciadas]

Antes que nada, quiero aclarar algo: yo estoy aquí por equivocación. Absolutamente cierto. Soy un tipo de lo más sano, no entiendo qué les ha hecho pensar que necesito desahogarme de algo, curarme de algo, y mucho menos confesarme por algo. Y entiendo que los doctores, los terapeutas de la nueva era, los psicólogos, los renacedores, los que hacen programación neurolingüística, los astrólogos y hasta los brujos piensen que todo el mundo está loco. Se entiende, tienen que trabajar, tienen que comer. Pero yo no, aunque les duela, yo no estoy loco. Todo lo contrario. Estoy harto del montón de locos que habita este planeta. Gente que quiere desesperadamente ser sana, evolucionar, tener pareja. Gente que quiere ser feliz ¡qué fastidio! ¿Habrá algo más insípido, más perfectamente aburrido, más inútil, menos teatral que la felicidad? Y diganme odioso, eso si, lo admito. Yo soy un odioso. Y es que el mundo está lleno de gente con potencial para ser odiada. De cosas potencialmente odiables, y momentos y situaciones definitivamente detestables. Así que yo, sencillamente, odio todo. Sí, odio. Odio. Odio a los testigos de jehová, a los Hare Krishna, a la gente que no toma ni vino un treinta y uno de diciembre, odio los avisos de no fumar, odio los ecologistas, a la gente buena que quiere a todo el mundo, a losoptimistas a ultranza que no se quejan de nada y a todo le buscan la vuelta, odio a los vegetarianos, a las parejas felices, a los niños con su escándalo y sus manos empegostadas de dulce, odio las fiestas familiares, odio los domingos y, en general, odio buena parte de la existencia sobre esta tierra. En fin, soy un odioso. O un odiante. Eso. Me declaro un odiante, el odiante mayor. Y eso que no me hace feliz. Pero tampoco me importa. Es más, creo que tengo derecho a defender mi infelicidad a como dé lugar. ¿Dónde está escrito que uno tiene que andar por la vida riéndose de todo, pensando que todo está bien en mi mundo y que cada día estoy mejor, mejor y mejor? ¡Pues no! Me niego a sumarme a esa comparsa de desquiciados que quieren componer el mundo, que total nació descompuesto y que fue y será una porquería como dice la canción. ¿Y qué? Me inego a pasar el resto de mi vida buscando algo tan abstracto, efímero y cursi como “la felicidad”, a sabiendas que no existe y de que es una utopía tan grande como la vida en la luna. Me niego a dejar de fumar, a comer sano, a preservar mi existencia en este mundo como si fuera una experiencia maravillosa que hay que alargar per sécula seculorum…¡noooooooo! Yo si fumo, y sin embargo no ando por ahí pegando cartelitos que digan “FUME AQUÍ”. ¿Por qué me tengo que calar entonces que me digan que no fume allá, que no fume acullá, que respete mi vida, que me cuide? ¿Por qué me tengo que cuidar, para qué, para quién? Y sí, tomo, bastante, en cantidades altamente condenables. Y soy inmoral, promiscuo, desvergonzado y pecador. Y pienso que el mundo se divide sencillamente en dos grupos: la gente como yo, y unos cuantos hipócritas que son igualitos a mí, pero no lo dicen. Es más, ¿saben qué? No le temo a la muerte. Y una cirrosis hepática me parece una forma de lo más respetable de morirse. Además, ¿acaso existe una buena forma de morir? ¿No se trata al final de estirar la pata y punto, bien sea que te atropelle un carro o que te mueras en tu casa frente al televisor como un imbécil comiendo zanahorias, haciendo ejercicios y repitiéndote que la vida es bella y que Dios te ama? Pues no, señores. A mí déjenme con mi odio que yo no ando proclamando nada ni convenciendo a la gente de nada. No ando entregando folletos para que la gente sea como yo, para que todos seamos una partida de odiantes sin remedio, para que el mundo siga siendo imperfecto y la vida invivible. ¿Entonces? ¿por qué yo si tengo que aguantarme el discursito y la imposición de ser feliz a ultranza sin elección? Yo defiendo mi derecho a odiar, a amargarme la vida, a corroerme de envidia, a sentir gula, avaricia, ira, pereza, vanidad y toda gama de pecados veniales, capitales y hasta mortales, porque de paso, no les niego que más de una vez he deseado cogerme a la mujer de mi vecino. Y me voy, porque odio hablar de más. Y no digo adiós, porque odio las despedidas.

Autor: Indira Páez… De la obra: Crónicas Desquiciadas.

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